viernes, 12 de abril de 2024

IN MEMORIAM JOSÉ GREGORIO JIMÉNEZ MONTESDEOCA

 




IN MEMORIAM JOSÉ GREGORIO JIMÉNEZ MONTESDEOCA



    Con profunda tristeza comparto la noticia del fallecimiento de José Gregorio Jiménez Mostesdeoca, mi viejo amigo y compañero de aventuras. Gregorio, el de Firgas,  eligió partir en la luna nueva de abril, después de una dura y silenciosa batalla contra la depresión y otras enfermedades que marcaron sus últimos años.

    Gregorio fue un hombre de muchos talentos y pasiones: músico, profesor de música, y un habilidoso mecánico, fontanero, electricista y carpintero; su habilidad para arreglar y crear era tan vasta como su amor por la vida. Amante de los coches clásicos, compartimos muchos momentos inolvidables navegando rutas en rallies de regularidad, con él al volante de su raro y querido Volkswagen SP2, joya brasileña que manejaba con maestría y orgullo.

    Como miembro del grupo musical Mermelada, Gregorio encendía la alegría en las verbenas populares, tocando melodías que hacían bailar a todos alrededor. Su sentido del humor era una fuente constante de risas; siempre tenía una broma a mano y una sonrisa en el rostro, capaz de iluminar los días más sombríos.

    Siempre te agradeceré tu presencia musical en la presentación de mi novela Kopi Luwak en el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, con tu grupo de saxofonistas de Grébede Sax. 

    En los últimos años, Gregorio eligió un camino de quietud y entrega, cuidando a sus queridos padres en su hogar. A pesar de que su propio espíritu enfrentaba tormentas, su devoción por su familia nunca flaqueó. Se convirtió en su roca, su cuidador incansable, un faro de amor y sacrificio.

    Aunque hoy mi corazón está pesado, elijo recordar a Gregorio por todas las alegrías que compartimos, las risas que resonaron en nuestros corazones y los momentos que, aunque fugaces, se sienten eternos. Su legado no es uno de tristeza, sino uno repleto de las notas melodiosas de su existencia, que siempre danzarán en mi memoria.

    Descansa en paz, querido amigo. Tu música sigue sonando, y tu luz, aunque ahora desde otro plano, continúa brillando en todos los que tuvimos la fortuna de conocerte. Te llevaré siempre en mi corazón, agradecido por cada momento, cada reparación compartida, cada nota musical y cada sonrisa que me regalaste. Hasta que nos volvamos a encontrar, te envío un último aplauso por tu fina conducción por las reviradas carreteras de la vida.



jueves, 22 de febrero de 2018

Entre líneas: Un parque zoológico, las tortugas, el acuario y un...

Entre líneas: Un parque zoológico, las tortugas, el acuario y un...: ESTE ARTÍCULO FUE PRIMERO PUBLICADO EN www.canariascultura.com Mi madre nació en el actual Parque Doramas un día luminoso de abril d...

Un parque zoológico, las tortugas, el acuario y un niño triste



ESTE ARTÍCULO FUE PRIMERO PUBLICADO EN www.canariascultura.com


Mi madre nació en el actual Parque Doramas un día luminoso de abril del año 1928, en la vivienda del jardinero. Vino a este mundo hace casi noventa años como nieta del Jardinero Mayor, quién había diseñado la traza original del parque, en la trasera del Hotel Santa Catalina.
Ella todavía recuerda el sitio donde se alzaba su casa, justo al pie de los estribos del estanque, con tres olivos recién plantados delante. Allí creció jugando entre las palmeras que se alzan altivas y los olivos que ya han superado el siglo, oliendo la rosaleda de su infancia que plantó mi bisabuelo. Allí vivió, junto con mis tíos y tías hasta sus 9 o 10 años, cuando la familia paterna se independizó y se trasladó a una nueva casa en los Arenales. Incluso hoy, con su movilidad muy limitada tras un ictus, mi madre alguna vez desea regresar a ese lugar, donde anduvo libre y feliz.
Cuando yo nací, parte del parque fue dedicado a Parque Zoológico. Los caminos se llenaron de jaulas, algunos rincones se convirtieron en albercas y todo el recinto de cercó para impedir todo acceso indebido y, sobre todo, la fuga de animales.
Mis padres me llevaban a ver los animales algunos domingos al año, tanto porque yo lo pedía como por el deseo de mi madre de recordar sus sitios predilectos de la infancia.
Recuerdo al solitario flamenco sostenido sobre un sola pata con la cabeza hundida entre las alas, ignorando a todo aquel que prefería verlo antes de acercarse a las pajareras donde loros multicolores chillaban de angustia. Muy cerca de allí estaba la concurrida jaula de Felipe, “El Mono”.
Felipe era un gran chimpancé macho de mirada brillante, ojos marrones y dentadura amarillenta. El chimpancé malvivía en una estrecha jaula solo, lejos de otros monos mas pequeños (creo que los otros no eran chimpancés sino bonobos, la versión bonachona de aquellos inteligentes simios). La principal particularidad de Felipe era que fumaba cual carretero y siempre había alguien dispuesto a darle un cigarrillo encendido para que echara humo entre las risas y fiestas de los espectadores que se acercaban por allí. Estoy casi seguro de que nunca he probado un cigarrillo en mi vida después de haber visto a Felipe imitar a los fumadores y haberse quedado enganchado al pernicioso hábito.
Entre los animales que recuerdo, están una familia de famélicos leones que languidecían en la mayor de las jaulas, unas gacelas traídas del vecino Sáhara, un enorme oso pardo y la piscina de las tortugas, donde nadaban en círculos infinitos unas gigantescas tortugas laúd, sumergidas en un agua pestilente.
Según fui creciendo y la adolescencia me permitía tener juicio propio, mi fascinación por aquellos animales prisioneros se fue transmutando de la infinita pena a los deseos libertarios. Alguna vez imaginé organizar un complot para sacar las tortugas y soltarlas en la playa, romper los candados para que Felipe trepara libre por los árboles y abrir las jaulas para que los guacamayos volaran de allí.
Desafortunadamente no hice nada y me limité a no poner pie en el Parque Doramas durante muchos años. El paso del tiempo acabó cerrando el Zoológico y transformando el recinto en lo que es hoy: un hermosos parque urbano. No sé dónde fueron a parar los animales y quiero pensar que alguno fue liberado o quizás fuera a parar a algún recinto mayor.
Durante mi vida adulta nunca he visitado los Zoológicos con gusto y siempre que he acudido a ellos he salido con la misma amargura: fuera el Zoológico de Madrid, el de Wüppertal o el de Frankfurt en Alemania, o el Loro Parque de Tenerife, la sensación era la misma: amargura.
El debate acerca de si los parques zoológicos son necesarios para algo más que el beneficio de sus dueños está siempre presente. He leído los argumentos de los dueños de los parques de animales para mantener su negocio, alegando sobre su importancia para conservar a muchos animales.
Es evidente que la preservación de muchas especies de animales y plantas en su medio natural está en riesgo en distintos países por distintas causas, mayormente humanas. La solución en algunos casos puede ser el rescate de los supervivientes o mejorar las condiciones de vida en su propio medio, protegiendo de forma efectiva sus ecosistemas.
Lo que no me parece correcto es el confinamiento de ejemplares en recintos cerrados para su explotación comercial. Todavía recuerdo la mirada eléctrica de un majestuoso tigre de Bengala en el Zoológico de Wuppertal, una chispa de un segundo de duración, antes de girarse al ver que topaba con un cristal blindado entre los dos. Era la misma mirada de Felipe, “El Mono” de mi niñez, que imitaba a los hombres fumando para ver si alguien lo tomaba por humano y lo dejaban libre.
Recientemente se me ocurrió hacer una visita al nuevo y gigantesco acuario de Las Palmas de Gran Canaria. He recorrido el enorme recinto y he vuelto a salir con enorme amargura. No podría decir que el Acuario sea feo, que no se hayan empleado los mejores medios y que no cuente con especialistas y personal apropiado para la atención del visitante. No; el Acuario está muy bien planteado y ejecutado.
Empieza el recorrido dentro del acuario con un cuidado trazado de rampas en pendiente suave que lleva al visitante por una zona con acceso de luz y vegetación naturales -salpicada de árboles artificiales-, que parece un frondoso jardín tropical.
Las primeras piscinas que encuentra el visitante son de agua dulce, con animales casi siempre pequeños, procedentes de sitios tropicales, acostumbrados a nadar en ríos y pozas de poca profundidad y extensión, principalmente en las cuencas amazónicas o indochinas, que no ofrecen (demasiada) sensación de agobio ni al visitante ni a los peces.
Unos nadan lentamente dentro de una reproducción de un cenote del Yucatán, otros en un remedo de manglar asiático, aparentemente aclimatados y felices. Los únicos que aparentan el estrés de un espacio pequeño son unas infelices tortugas de nariz de cerdo, presas en un acuario mínimo.
Según uno penetra en las entrañas de la construcción se suceden pequeños terrarios de multicolores ranas venenosas, axolotes mexicanos y algún que otro artrópodo exótico. La puesta en escena es realmente espectacular: poco a poco el visitante se adentra en el vientre de la bestia, cual ballena que engulló a Jonás, hasta llegar a un “arrecife” coralino de cinco pisos de altura.
Es un gran acuario cilíndrico, con paredes de plexiglás de 15 centímetros de espesor, en cuyo interior hay un gran cilindro de piedras, rodeado de agua tibia, que sube desde el suelo del edificio hasta culminar en una “isla” arenosa, bajo la luz directa que entra por tragaluces desde el techo. Las rocas interiores están cubiertas de corales multicolores artificiales que surgen de forma disimulada de una raíz metálica aquí y allá. Dentro de ese acuario nadan peces tropicales que parecen sacados de la serie de dibujos “Buscando a Nemo”.
Ese acuario tropical es el preludio al gran tanque oceánico. Después de seguir distintos recovecos a través de rampas en penumbra, con ojos de buey a distintas alturas y oquedales donde los visitantes -sobre todo los niños- pueden “sumergirse” bajo el agua y entrever los peces, se llega al mayor recipiente de todo el edificio, de los más grandes del mundo. En esa parte central se encuentra un restaurante subacuático, perfectamente diseñado para que se puedan contemplar los peces mientras se come.
En ese modelo de océano en miniatura nadan entremezclados peces pelágicos de los mares cercanos: cardúmenes de barracudas, túnidos de aleta amarilla, jureles, tiburones y rayas, que buscan el horizonte en vano. Cerca del suelo arenoso se posan mantas y otros ráyidos, intentando esconderse bajo un sol artificial. Varias lubinas, que parecen haber sido traídas de alguna piscifactoría, intentan esquivar a un gran tiburón toro y su corte de peces piloto, mientras intentan emigrar a occidente, para volver a girar a levante en un circuito cerrado por todas partes.
En medio de todo el barullo del gran lago de cristal, pude divisar un enorme tiburón oscuro, descansando en el suelo. Estaba como adormilado en el suelo, ajeno al ballet interminable que se movía encima. Quise pensar que estaba muerto o aletargado por la tristeza, cuando se acercó otro tiburón de la misma especie, le tocó blandamente con su hocico, como si lo saludara y se echó a su lado, tocándolo, con una aparente ternura amorosa, impropia de un cazador marino.
Tomé varias fotos apresuradas de la escena, con una amarga sensación de tristeza y compasión marcada por aquellas dos hermosas criaturas marinas que se tocaban como si compartieran el horrible convencimiento de que nunca saldrían vivos de allí para volver a vivir en la libertad de los mares.
Salí muy triste, como si hubiera vuelto a a ver a Felipe, “El Mono” y a todos aquellos desafortunados animales del Parque Zoológico del antiguo Parque Doramas, flotando en mi memoria, nadando en la nada.

lunes, 31 de octubre de 2016

Enrique Mateu, Bob Dylan y un perinqué

Quede advertido el amable lector: este artículo no es objetivo. Es imposible que tenga un solo gramo de imparcialidad. No la tiene ni la pretende. No soy el hombre indicado para ello en este caso.
Enrique Mateu es mi amigo. Desde este privilegio he podido admirar como ha parido su obra en los tiempos recientes, como ha dedicado el cuerpo y el alma a la creación, como se ha comido las noches y devorado los días, como ha ido urdiendo la trama de los tejidos que nos presenta en una exposición en el Museo Poeta Domingo Rivero de Las Palmas de Gran Canaria, mientras recopilaba su música, desarrollaba empresas y diseñaba nuevos proyectos.
He sido testigo del proceso de composición de algunas músicas, arrancando fragmentos a las mareas, a las nubes y hasta el mismo sol, rasgando la madera de un piano como una termita o amaestrando un perinqué con una batuta de miel. He navegado con él una singladura azarosa en un cayuco senegalés rumbo a Maspalomas. He compartido un Jaguar C-Type por la pista de Le Mans con él y he contemplado como hacía música tapando con un calcetín un motor de seis cilindros. Después de todo esto y algunas otras aventuras no se puede ser neutral.
La exposición de imágenes presentadas en sociedad el pasado lunes 17 de octubre sólo es un fragmento de su pasión creadora. Durante los más de cuarenta años de carrera musical que refleja su biografía (Véase www.enriquemateu.com), más de 100 discos llevan su firma. Aunque solo fuese por su faceta musical merece ser reconocido y apreciado.
La inquietud insaciable de Enrique ha hecho que siga investigando, emprendiendo y creando obras con su inconfundible sello personal, buscando nuevos caminos para expresar su creatividad, explorando territorios, a priori, vedados, mezclando no sólo técnicas diferentes, sino distintas Artes.
Tres días antes de que Enrique Mateu inaugurara su exposición donde ‘la música se puede ver y la pintura se puede oír’, la Academia Sueca de los premios Nobel, le concedió el premio de Literatura a Bob Dylan, causando un terremoto en el público mundial interesado por la Cultura y una gigantesca controversia en los campos de Marte de la Literatura, donde muchos escritores se han sentido afrentados por la ‘ocurrencia’ de la Academia escandinava, de premiar a un ‘cantautor’, clamando al cielo, gritando: ¡Sacrilegio!
Durante la segunda mitad del siglo XX y los principios de este vertiginoso siglo XXI, las Artes clásicas, como la Literatura y la Música están perdiendo terreno y ‘consumidores’ ante el avance de nuevas tecnologías y de creadores que están buscando esas nuevas ‘artes’ cibernéticas para crear.
Los gustos de los ‘consumidores’ (permítanme hacer uso de este término) han cambiado radicalmente y cada vez es más complicado encontrar lectores u oyentes que quieran exclusivamente uno de estos ‘productos’ culturales aislados; y esto sólo es el principio.
Cada vez hay más ‘consumidores’ de productos culturales que reclaman y adquieren productos multimedia, muchas veces a la carta: las series, los videojuegos e, incluso la música, recurren a la combinación de muchas artes. Los creadores de música popular saben que la forma de llegar al público es la combinación de ésta con imágenes en vídeos compartidos en plataformas digitales.
Enrique Mateu ha ido evolucionando sin parar hasta trascender más allá de su Arte predilecta. La exposición de ‘pinturas sonoras’ y/o ‘sonidos gráficos’ es una muestra de esa permeabilidad entre artes. La página web de referencia es otra muestra de su deseo de visibilidad y trascendencia en estos tiempos de exposición cibernética.
Todavía hay artes como la Literatura que se mantienen, en cierta medida, de forma autónoma, utilizando la letra impresa como se hacía en el siglo XIX; aunque cada vez más se ve la necesidad de combinar el medio de expresión escrito con imágenes y música. Las portadas vistosas, los ‘book-trailers’ y los vídeos empiezan a ser incorporados de forma tímida por algunos escritores como formas de llegar a un mayor espectro de público, siquiera como forma publicitaria.
Personalmente creo que está llegando un nuevo tiempo para los creadores de las distintas artes, un tiempo en evolución, donde la mezcla de medios, de elementos, de técnicas será esencial para llegar al nuevo ‘consumidor’. Esto además requerirá la colaboración de creadores procedentes de distintos sectores.
Todo ello servirá para ganar público en sectores que nunca se han aproximado a cada una de estas manifestaciones creativas aisladas. Enrique Mateu se muestra clarividente para convertirse en un pionero de la multimedia artística. Su perfeccionismo, sus conocimientos y su calidad serán clave para alcanzar estos objetivos, porque ‘los tiempos están de cambio’. ¡Pasen y vean!
he times they are a-changin’

Come gather around people
Wherever you roam muevan
And admit that the waters
Around you have grown
And accept it that soon
You’ll be drenched to the bone
And if your breath to you is worth saving
Then you better start swimming or you’ll sink like a stone

For the times they are a-changing

For the times they are a-changing

Come writers and critics
Who prophesize with your pen
And keep your eyes wide
The chance won’t come again
And don’t speak too soon
For the wheel’s still in spin
And there’s no telling who that it’s naming
For the loser now will be later to win
Cause the times they are a-changing

Come senators, congressmen
Please heed the call
Don’t stand in the doorway
Don’t block up the hall
For he that gets hurt
Will be he who has stalled
There’s the battle outside raging
It’ll soon shake your windows and rattle your walls

For the times they are a-changing

For the times they are a-changing

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don’t criticize
What you can’t understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is rapidly aging
Please get out of the new one if you can’t lend your hand

Cause the times they are a-changing

Cause the times they are a-changing

The line it is drawn
The curse it is cast
The slowest now
Will later be fast
As the present now
Will later be past
The order is rapidly fading
And the first one now will later be last
Cause the times they are a-changing

Cause the times they are a-changing

Bob Dylan (1963)
Los tiempos están de cambio

Vengan y reúnanse, gentes,
por donde quiera que se muevan
y admitan que las aguas
alrededor de ustedes han subido.
Y acepten eso pronto,
ustedes se empaparán hasta el hueso
y si su aliento les merece la pena salvarlo,
entonces es mejor que empiecen a nadar o se hundirán como piedras,

porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

Vengan escritores y críticos
que profetizan con pluma,
mantengan sus ojos abiertos,
la oportunidad no vendrá de nuevo
y no hablen demasiado pronto
porque la ruleta todavía está girando
y no hay predicción sobre a quien designará,
para el perdedor es ahora tarde para ganar,
porque los tiempos están de cambio.

Vengan senadores y congresistas (diputados)
Por favor, hagan caso a la llamada,
no se queden en el camino,
no bloqueen el salón,
porque aquel que se hiera
será el que se estanque.
Ahí afuera hay una batalla rugiendo,
pronto estremecerá sus ventanas y crujirá sus muros,

porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

Vengan madres y padres
a través del país
y no critiquen
lo que no puedan entender,
hijos e hijas
están más allá de sus órdenes,
su antiguo camino está envejeciendo;
por favor, pónganse fuera del nuevo si no pueden ayudar.

Porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

La línea se ha trazado,
la maldición se ha pronunciado,
el más lento ahora
será más rápido después,
como el presente ahora mismo
se pasará después.
El orden se está desvaneciendo rápidamente
y el primero de ahora será el último después,
porque los tiempos están de cambio

porque los tiempos están de cambio.

Traducción de Antonio Cabrera Cruz (2016)

miércoles, 3 de agosto de 2016

El juego de la mosca (¡Pikachu, Presidente!)

Esta entrada apareció primero en CanariasCultura

Hace unos diez años, cuando todavía tenía responsabilidades sindicales, iba al frente de una manifestación de enseñantes, portando una pancarta reivindicativa junto con otros líderes. La manifestación transcurría por la calle León y Castillo en dirección a la sede del Gobierno de Canarias al ritmo de altavoces y lemas reivindicativos.
Nos movíamos lentamente, ocupando la céntrica vía. Un millar o dos de docentes marchábamos reivindicando la Escuela Pública y la estabilidad del profesorado interino con un ambiente festivo, que aprovechábamos para charlar con aquel compañero de la época de Fuerteventura o aquella compañera de los tiempos de los equipos de Educación Compensatoria, todos ya entrados en canas y experiencias, marchando al cansino ritmo de la demostración laboral.
Según nos acercábamos a la plaza del Dr. Rafael O’Shanahan, los cánticos empezaron a hacerse más críticos con algunos miembros del Gobierno de Canarias, sobre todo con el recién elegido Paulino Rivero: “Escucha, Paulino, esto no está fino”, “Rivero, atiende, la Escuela Canaria no se vende” y algún otro que prefiero no repetir aquí.
En un momento de la marcha alguien empezó a cantar: “Pikachu presidente” y el inmenso coro lo repitió multiplicando el efecto: “¡PIKACHU PRESIDENTE!”, ¡”PIKACHU PRESIDENTE! Confieso que, sin entender lo que decía, yo también coreé el lema: ¡Pikachu presidente!
Después de un rato, en un ambiente de jolgorio, me atreví a girarme al compañero de pancarta que tenía más cerca y le pregunté:
– ¿Quién es Pikachu, Juan?
El interpelado era Juan Viera, quien por aquel entonces era mi homólogo Secretario Insular de la Federación de Enseñanza de CC.OO., me miró con cara de asombro y, sonriente, me respondió:
– ¿Tú no tienes hijos, verdad, Antonio?
– Pues no, ni hijos ni sobrinos-, le respondí.
– Entonces se entiende -me dijo con displicencia-. Pikachu es un Pokémon, un dibujo animado y todos los chiquillos saben quien es. Sale en la televisión y en los juegos de Game Boy.
– No tengo televisión ni consolas, Juan – me atreví a confesarle, un poco avergonzado.
No hubo más diálogo. Juan se me quedó mirando como quien encuentra a un ser extraño en medio de la calle, se sonrió, me palmeó la espalda y continuó coreando los cánticos: “Si esto no se arregla, leña, leña, leña”;   “Si esto no se apaña, caña, caña, caña”.
Han pasado muchos años y todavía sigo viviendo sin tener televisión, pero ahora ya sé quién es Pikachu y muchos de sus congéneres, sobre todo gracias a Internet y las nuevas aplicaciones de los creadores de “Pokémon Go”.

Recientemente he visto a decenas de personas, mirando las pantallas de sus teléfonos móviles y marchando hipnotizados por la calle, buscando a esos bichitos virtuales, sin pararse a contemplar el mundo real que los rodea. Los he visto mientras la puesta de sol teñía de rojo el atardecer de la playa o tapando la brillante luz matutina filtrada por las ramas de un ficus majestuoso delante de la Biblioteca Municipal, para mejor ver la ilusión óptica del Pokémon.
Me parece que los cánticos de aquella lejana manifestación de 2007 han resultado premonitorios y Pikachu se acerca a una presidencia, al menos a la de los tiempos libres y de ocio de muchas personas, tanto adultas como menores. El uso de las posibilidades lúdicas de los aparatos táctiles está revolucionando las actividades de nuestra sociedad. Muchos adultos han descubierto las posibilidades de evasión (¡y adicción!) que permiten algunas de las nuevas aplicaciones interactivas, que entretienen y divierten.
Los menores, que han nacido y crecido en este nuevo escenario de aparatos interactivos e adictivos, son víctimas ideales de las características negativas de esta era “pokémones”.
Es difícil encontrar niños que no conozcan los juegos más adictivos, cada uno con una mitología y una parafernalia de seres virtuales, sean los ya “tradicionales” “Pokémon” o los más recientes “Minecraft”. La mayoría de mis alumnos cuentan con artilugios electrónicos como móviles o tabletas y pasan gran parte de su tiempo de ocio ocupados con ellos. Conocen quién es quién, qué características posee cada uno, cuáles se neutralizan entre sí, los que son positivos y los negativos.
Es un fenómeno imparable. Es difícil encontrar algún niño que no disponga de consola, móvil o tableta desde temprana edad. Cuando no es el propio es el de alguno de sus progenitores, que se lo dejan para que se ”entretenga”.
Este entretenimiento virtual exagerado es muchas veces el centro de su interés diario, requiriéndoles una concentración plena y, evidentemente, esto los distrae de otros centros de interés más convencionales, como la interacción con otros niños, los aprendizajes escolares e, incluso, los juegos reales. En algunos casos, es muy complicado motivar a determinados niños con aprendizajes tradicionales para los que se usan medios “decimonónicos”, como la pizarra y los libros.
Muchos se quejan de que se aburren. Los juegos estáticos de las consolas no les permiten liberar su exceso de energía. Y después de horas de ejercicios dactilares en las pantallas repiten: “me aburro”.
El aburrimiento es como un fantasma al que todos temen. Algunos padres piensan que un niño aburrido es algo peligroso y se le busca todo tipo de actividades para que no caigan en ello. Las agendas de muchos niños están repletas de actividades desde el amanecer hasta la noche: colegio, comedor, clases de piano, de tenis, de natación, de ballet, de francés o de chino y, entre todas ellas, la consola o la tableta para “entretener”.
Pocos padres o educadores piensan en la necesidad de la pausa, de la inactividad positiva o de la reflexión, para un crecimiento equilibrado de la personalidad.
Recuerdo a mi padre, después de quejarnos alguna vez en la niñez junto con mis primos: “estamos aburridos”, decirnos:
– Jueguen al juego de la mosca.
– ¿Y como se juega a ese juego, papá?
– Es muy fácil, se sientan tranquilos en un sitio, sin hacer nada, pensando en calma y repasando las ideas hasta que una mosca se pose sobre uno de ustedes. Ése gana. Seguro que mientras tanto habrá pensado en algún juego o tendrá alguna historia que contar…
El juego de la mosca nunca tuvo demasiado éxito entre aquel grupo de primos y siempre pensamos que era otra estratagema de mi padre para quitarnos de encima y poder dormir la siesta tranquilo; aunque alguna vez jugamos en los tórridos veranos de La Lechucilla bajo las parras llenas de racimos, soñando con los ojos abiertos y picoteando las uvas maduras hasta que una mosca se posaba sobre una mancha azucarada en nuestra ropa: “Antonio, te toca contar lo que estabas pensando…”
Confieso que nunca había pensado en la profundidad del consejo de mi padre hasta este artículo, surgido entre los calores y las moscas de este verano de investiduras fallidas, pokémones y atentados fanáticos.
P.D:  No sé si Mariano Rajoy ha jugado al juego de la mosca alguna vez, pero creo que lo practica muy bien...

miércoles, 27 de julio de 2016

EL VIAJE EN EL TIEMPO

Esta entrada apareció primero en Canarias Cultura

Hoy he disfrutado un viaje en el tiempo. Soy un afortunado, lo reconozco. Y he vuelto para contarlo, como corresponde, porque no todos los días uno se convierte pasajero de un original y personal “anacronópete”.

Convengamos que cada día es más fácil viajar en la dimensión espacial: uno se sube a un avión de esos que las líneas aéreas han creado para embarcar el mayor número posible de personas, denominándolos “low cost” y queriendo decir “low comfort”, y ¡zas! después de varias horas, uno llega a otro aeropuerto con las piernas hinchadas y el malhumor proverbial causado por las apreturas.
El turismo de masas es la droga del momento. Viajeros de toda condición y edad cruzan los cielos en busca de mundos perdidos, de ciudades exóticas y playas con olor a crema solar, evadiéndose de esa oscura oficina de Londres, aquella fábrica gris de Rüsselsheim o la granja verde de Brabante por unos días.
Confieso que alguna que otra vez  yo también me he embarcado en alguna de esas naves de tortura de meniscos lesionados rumbo a Madrid, Roma o París, buscando cultura y civilización.
Soy otro viajero más y mis andanzas por ahí son poco singulares.
En cambio, mi viaje en el tiempo merece su crónica. Pero antes les pongo en antecedentes:
El “Anacronópete” que mencionaba en el primer párrafo es una máquina de viajar en el tiempo, inventada en 1887 por el escritor español Enrique Gaspar y Rimbau, quien describe los viajes en el tiempo de una máquina construida a tal fin. El nombre del artilugio viene del griego “Aná”, que significa atrás, “Crono”, el tiempo y “Petes”, el que vuela.
En la novela, con formato de zarzuela y estructurada en tres actos, se habla de un científico español, Sindulfo García, que presenta en la exposición universal de París de 1878 una máquina, el “anacronópete”, capaz de viajar en el tiempo, merced al fluido denominado García.
El libro de Gaspar se adelanta en ocho años a la publicación de H.G. Wells, “The time machine”, donde el escritor de ciencia ficción habla de una máquina de curiosas similitudes a la de Gaspar. Podemos afirmar que el invento de la máquina del tiempo es español.
Los seres humanos hemos fantaseado desde siempre en poder viajar al pasado o al futuro, para curiosear, para cambiar algunos acontecimientos personales o históricos e, incluso, para evadirnos de nuestro destino final.
El difunto empresario José María Ruiz Mateos atesoró durante su vida una considerable colección de relojes desde el siglo XVI hasta el XIX, que hoy se pueden contemplar en Jerez, junto con una colección de bastones y otros artículos personales.
Son valiosos ejemplares dignos de palacios reales y casas nobiliarias. El empresario y político fue empresario modelo durante el franquismo y después autor de escándalos sonados, quiebras de negocios y de pleitos legales (casi callejeros) con el antiguo ministro socialista Miguel Boyer.
El empresario se dedicó durante su periplo terrenal a coleccionar -entre otros artículos- los aparatos medidores del tiempo hasta llegar a 302, como si su posesión le pudiese librar del paso inexorable del griego Cronos.
Hoy día ambos contrincantes, Ruiz-Mateos y Boyer, han pasado a la Historia, sin haber podido detener el tiempo y sus relojes se han quedado atrás para medir el tiempo de otros.
Conserva mi madre un reloj de sobremesa que perteneció a mi bisabuelo, José Cruz Tejera. Ese viejo artilugio cruzó dos veces el Atlántico en el tránsito del siglo XIX al XX, protegido por una caja de cañas en las manos de mi bisabuela materna, María Luisa Rodríguez Hernández. El reloj no tiene siquiera marca. Su maquinaria es muy sencilla y algunos de sus engranajes han perdido dientes y la precisión de antaño. El muelle de la cuerda está roto y habría que fabricar una reproducción para que volviera a marcar las horas y las medias.
Como muchos otros emigrantes canarios, el matrimonio viajó hasta Montevideo en Uruguay a bordo de un vapor que hacía la ruta desde Canarias hasta el Mar de la Plata, buscando mejor futuro.
Mi bisabuelo tenía alguna experiencia previa como agricultor y jardinero,  pero sobre todo poseía una curiosidad innata y muchos deseos de aprender. Después de algunas experiencias poco motivadoras en Argentina, consiguió empleo en la vecina Uruguay, como jardinero en una gran estancia del sur del país, propiedad de un terrateniente norteamericano.
Allí perfeccionó sus conocimientos sobre floraciones, injertos, polinizaciones y semilleros. Esta etapa coincidió con el florecimiento de la jardinería ornamental del país, la inauguración del Jardín Botánico de Montevideo y el auge de la economía de la República Oriental del Uruguay.
A pesar de que las cosas le iban bien, mi bisabuela María Luisa no terminaba de aclimatarse a aquellas tierras húmedas y le pidió a su esposo regresar de nuevo a Canarias. Y así lo hicieron. El matrimonio Cruz Rodríguez volvió a Gran Canaria en la primera década del siglo XX, sin olvidar el querido reloj.

Los conocimientos adquiridos en la República Oriental le resultaron claves para conseguir el puesto de jardinero mayor en los alrededores del Hotel Santa Catalina. Los propietarios ingleses necesitaban quien mantuviera los jardines alrededor del primigenio edificio de madera y los conocimientos de maestro José fueron esenciales para mantener las rosaledas y arboledas, los olivos y las palmeras. Al poco tiempo los propietarios ingleses decidieron promover a mi bisabuelo al puesto de jardinero mayor, poniendo a su disposición una pequeña casita situada a medio camino entre los tres olivos centenarios y los estribos del estanque. Allí crecieron los cuatro hijos del matrimonio hasta que empezaron a emanciparse. También fue la primera casa de mis abuelos maternos y el lugar donde nació mi madre un día de abril de 1928.
Cuando la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria adquirió la propiedad del hotel y los jardines adyacentes, también mantuvo el empleo y la casa del maestro jardinero hasta su fallecimiento. Cuando visito el actual parque Doramas no dejo de observar los rosales, las palmeras altivas y los olivos centenarios de troncos retorcidos, sentado en los muros de una pequeña fuente de cabeza de león. Allí, entre el rumor del agua y del viento a través de las hojas, laten los recuerdos del tiempo de mi bisabuelo, mejor que en el más precioso de los relojes hechos por la mano del hombre.

miércoles, 22 de junio de 2016

LA REGLA DE LAS QUINIENTAS PALABRAS

Crítica del libro de Moisés Morán Vega, “Medio minuto para morir”


portada medio minuto para morir



 Este artículo se publicó primero en Canarias Cultura

Hace poco tiempo que conozco a Moisés Morán Vega. Lo conocí en una de las raras ocasiones donde me dejo ver por los eventos culturales de Las Palmas de Gran Canaria, en las tertulias organizadas por Ramón Betancor en el Palacete Rodríguez Quegles, bajo el título de “Redgeneración literaria”, donde compartimos mesa.
Hemos trabado una de esas raras amistades entre literatos, por lo común más dados a la envidia  profesional que a la cooperación, que ha desembocado en el encargo de presentarlo en uno de los escasos café-teatro de la ciudad, el “Bambalinón”, donde hemos compartido unas horas haciendo entrega de ejemplares de su última novela, “Medio minuto para morir”, a los mecenas que han colaborado en la edición de la misma, vía ese nuevo término de financiación participativa, el “crowdfunding”.
Los escritores somos lo que escribimos, vivimos de nuestros textos, de las ideas en las que creemos, soltamos el lastre que nos pesa en la sentina de la creación; respiramos para los personajes que creamos, vivimos para escribir, escribiendo lo que somos, desenmascarados en nuestras propias palabras.
Moisés Morán Vega es un artesano de la palabra, las esculpe a cincel en sus textos, día a día, tecleando un río que fluye incesante, “al menos quinientas palabras cada día” -confiesa-, rumbo al horizonte creativo de los escritores de buena raza.
Es un autor prolífico que crea como un demiurgo, novela tras novela; ora novelista, ora dramaturgo, siempre escritor; y más ahora que se ha comprado la libertad mediante la excedencia de su cómodo puesto de funcionario.
Uno  bien se puede imaginar a Moisés Morán Vega como pirata en su novela “Alí, el canario”, como Armiche, el ecologista adolescente en “Salvar al lagarto Tamarán” o como el detective Rafael Fabelo en “Medio minuto para morir”.
Sé, por propia experiencia, el poder de absorción de los personajes que creamos los escritores. Casi siempre, el creador omnisciente que pretendemos ser, acaba siempre engullido por la ficción que novelamos. La coherencia de las historias requiere que nos metamos en la piel de cada personaje; y cuanto mejor lo hagamos, más verosímil será el resultado.
“Medio minuto para morir” es la mejor obra que he tenido oportunidad de leer del autor y lo es porque Moisés ha logrado meterse en la piel de cada uno de los personajes, rindiendo homenaje a  los que lo han convertido en uno de los mejores novelistas de la actualidad. Destilan las páginas pequeñas gotas de referencias a Sir Arthur Conan Doyle, omnipresente el espíritu de Sherlock Holmes por la primera parte de la novela.
El cine es otra referencia imprescindible en la novela, donde uno tiene la sensación de pasar los momentos de relax de la novela, recordando las sesiones dobles del cine Scala o del cine Plaza de la adolescencia del escritor.
Pero es la vela latina, donde el autor, minervista de toda la vida, demuestra el conocimiento íntimo de ese mundo de pescadores, cambulloneros, regatistas y apostadores, que en su momento le sirvieron para obtener el doctorado en Educación Física.
El protagonista principal de la novela, el inspector Rafael Cabello, debe resolver unos crímenes relacionados con las regatas y no duda en disfrazarse de apostador, tomando el alias de ¡Moisés Viera! El autor no ha dudado un momento en convertir un heterónimo suyo en protagonista de la novela, como si Pessoa se hubiera mudado al mundo de la ribera de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, convirtiéndose al mismo tiempo en apostador y señuelo para un asesino.
A partir de aquí la novela entra en el momento histórico donde transcurre la historia, los días previos al golpe de estado del General Franco. Apuesta, de nuevo, Moisés Morán Vega por la coincidencia histórica con hechos trascendentales, mostrando su conocimiento de los hechos, de los actores y de sus dilemas personajes.
La destreza del autor en los diálogos le permite contar una historia con la habilidad de un narrador curtido a la luz de la lumbre de una infancia sin otro entretenimiento que la lectura y alguna que otra película de romanos, recontadas una y otra vez, buscando finales felices en un mundo incierto.
Conjura Moisés Morán algunos de sus fantasmas personales en esta novela, rinde homenaje a la vela latina, a los ideales de la II República y a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, componiendo una novela llamada a ser considerada clásica.